9 de febrero de 2017

No vivimos del paisaje


No vivimos del paisaje surge de una cita inencontrada de La máquina y el tiempo de Aldous Huxley. Esta cita es una resistencia a cualquier puerto que ha sido valorado excesivamente por el paisaje, provocando ese gesto retardatario en que sus artistas son exigidos a pintar el paisaje como en el siglo XIX o que los poetas tengan que narrar su mercado, su bohemia porteña, sus catástrofes en un ritual tan aburrido porque por un lado, ya otros lo han hecho y bien y por otro, en nada puede aportar a la poética contar la misma historia sino revoluciona su textura al contarla en una cadena de dudas, innovaciones y variaciones contemporáneas. ¿Qué mejor que remitirme a las citas que nos hacen tomar conciencia que el paisaje es un discurso que emulsionará de manera indirecta en nuestro corpus estético, como huella de una huella, pero nunca como un reflejo sentimental o dulzón porque el costo sería sacrificar los valores estéticos de nuestros textos? Lo trágico no es el tema, lo trágico es que el material con el que trabajamos no puede contar completamente la realidad y cuando pretende hacerlo a la pata de la letra lo único que hace es traicionar lo fascinante del arte: su incontrolable creatividad.
La pintura del paisaje
Esa superioridad de un árbol pintado sobre un árbol real se resumiría en que no tendría debajo de él sus propias hojas, ni orugas, ni insectos. Así, los habitantes de las aldeas del norte de Holanda, por razones de limpieza, no plantan árboles de verdad en los patios que rodean sus casas y se contentan con pintar en los muros, árboles, setos, tramos de césped que (por añadidura) se conservan verdes durante el invierno. La pintura del paisaje serviría, pues, simplemente para tener en nuestro cuarto, en torno de nosotros, una especie de naturaleza en miniatura, donde nos complacería contemplar las montañas, sin exponernos a su temperatura inclemente y sin necesidad de escalarlas.
Montaña
La “montaña” no es solo exuberancia. Es (sustancialmente) muchas otras cosas que no están en la poesía. Ante su espectáculo, ante sus paisajes, la actitud del poeta es la de un espectador elocuente. Nada más. Todas sus imágenes son las de una fantasía exterior y extranjera. No se oye la voz de un hombre de la floresta. Se oye, a lo más, la voz de un forastero imaginativo y ardoroso que cree poseerla y expresarla. Y esto es muy natural. La “montaña”, no existe casi sino como naturaleza, como paisaje, como escenario. No ha producido todavía una estirpe, un pueblo, una civilización.
La crecida
La crecida no solo eligió y descentró algunos objetos, sino que trastornó la cenestesia misma del paisaje, la organización ancestral de los horizontes: las líneas habituales del catastro, las cortinas de árboles, las hileras de casas, las rutas, el propio lecho del río. Esa estabilidad fundamental tan bien preparada por las formas de la propiedad. Todo fue borrado, lo rugoso fue convertido en suave planicie: no más vías, ni orillas, ni direcciones; una sustancia plana que no va a ninguna parte y que suspende el devenir del hombre, lo aparta de una razón, de un uso provechoso de los lugares.
El pasado
En cuanto a la brutal distinción entre el contenido y la forma, los materiales del historiador no están ante él a la manera de un paisaje o espectáculo que pudiera describir de la forma en que tampoco lo haría un pintor. El pasado está tanto presente como ausente: presente en cuanto restos y prácticas heredadas, ausente en cuanto existencia humana anterior indicada por los mismos restos de los restos.
Catástrofe
Pareciera que ese libro hubiera sido hecho con escombros, de lenguaje, de libros, con restos. Ahí, esas casas aluden también a nuestro paisaje, a nuestra catástrofe permanente chilena. Aunque es la situación de la literatura contemporánea también: esa catástrofe del lenguaje, la desconfianza en los lenguajes, incluso. Los soportes se perdieron, lo que era la imagen del mundo es muy poco sólido actualmente, es precario. La casa, el derrumbe de la casa como espacio sagrado, podría venir a representar un símbolo. Vivimos el final de una época. En este sentido, uno está haciendo una literatura apocalíptica, está dando cuenta de una crisis final, pero no como un pastor. Está renovando el lenguaje, hablando de los caminos del libertino en la circulación de la obra.
Lenguaje de postal
En la última lluvia, el ruido de la urbanidad traduce el uso de la forma, de flores y plantas a la idea del movimiento en la naturaleza. Mariposas o arañas para dar dinámica a la forma. Estilizadas y ondulantes, jamás líneas rectas. Las mujeres se pintan altas y delgadas con el pelo en movimiento "como simulando la acción del viento". Se usan de preferencia contrastes entre el negro y los tonos pastel. Se utiliza el amarillo o el azul para aguantar con el cuerpo lo que estoy diciendo con la voz. El color se comienza a introducir con fuerza en la arquitectura. La influencia de la revolución industrial estimuló a que la gente quisiera tener este tipo de arte en su casa, y de ahí se deriva su función decorativa.
Blancanieves
La Blancanieves electrifica el ambiente de la espera en un juego solemne donde ni un solo texto se sabe de memoria, lo cierto es que el pensamiento no viene enquistado en burbujas y la golondrina al planear entra por la ventana, removiendo en el verano el insostenible invierno. Creamos por última vez. Vivimos del monte olvido: un ojo de buey por donde se asoma un nervioso lenguaje.
Exilio
Sale a pasear el exilio de uno mismo, en el hall de un hotel que no quiero mirar porque empieza cuando el exilio del lugar va terminando. Una buena canción en inglés me acompaña en este otro hall. No sé por qué recuerdo aquella sopa para levantar muertos. Esas dos señoras con las que he hablado últimamente: una mitad chilena y la otra mitad argentina. A una le conté la tragedia a la otra no. El conserje barre las hojas y trae la estufa, pero este entumecimiento es un calamar travieso que decora los malos cuadros. Si solo hubiera jugado mal. Me robaron el partido. Si lo hubiera perdido, pero semeja a trampa y a nadie parece importarle.
Costa Azul
Caminaba por la orilla de la costa. Alguien había dicho que todo ese zigzagueante sector se parecía a la Costa Azul, sonríe: otra homologación de lo nuestro con lo europeo. Miró nuevamente buscando algo, esa libertad de andar solos contemplando el paisaje. Por mientras, tomó un café en un local de comida al paso mientras una niña a lo lejos se arrojaba una y otra vez en la furiosa ola. Ese era otro mundo. Parecía que de pronto los paseantes saldrían a escena vestidos de blanco confundiéndose con lo bochornoso del clima mediterráneo costero. Fabulaba con una terapia alternativa como ese taichí de clase, practicado en la arena de Reñaca.
Escuperrelatos
Comenzó a escribir un poema con un verso de D. H. Lawrence, pero no pudo continuarlo. Seguía el escuperrelatos: el día donde había muerto su mamá, los paseos del pololeo, la manda a la virgen negra cuando no tenía palabras. Pensó en el suicidio elegante de los franceses. Siempre un otro. Prendía las velas sabiendo que no era creyente, protegía con la mano que no se apagaran, como lo había hecho ante el memorial de los detenidos desaparecidos. La vida saltaba diez años atrás o adelante entre cada prendida, pero las velas terminaban por apagarse con el viento de la costa. Toda corriente de aire era un viento del diablo. Otro verso leído, ya no recuerda dónde.
Serie discontinua
Un poeta nos dice que a veces la infancia le envía postales. Esas postales son pequeñas escenas de lectura rodeadas de misterio. Ante eso, la niña esperaba pacientemente madurar a una frambuesa plantaba en un tarro del patio.

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