17 de noviembre de 2014

Los caminos del pan | Rodrigo Suárez

Observa la miga que desechamos una mañana
cualquiera, sonsacándola con el pulgar al abrir una marraqueta,
por las calorías, qué absurdo. Que enguata, que engorda,
si la corteza es más peligrosa, abuela, ahora me vengo a enterar
después de 16 años fuera del país, viendo un matinal de TVN.
El trigo marca su historia simbólica entre los compatriotas.
El pan chileno, entre los mejores del mundo, se echa de menos,
llegan historias de contrabando: mi viejo,  cuando volvimos, mandó fotos a Washington, D.C., comiéndose un lomito palta. Le envió un pan envuelto en aluminio para que llegara fresco al amigo que dejó atrás. Antes era posible hacer esas cosas, antes era más fácil conseguir pan.

Los desayunos son de perros sucios con cereal de chocolate en el hocico, de imanes con la cara de Salvador en la puerta del refri, tengo un vinilo de Quilapayún comprado en Alemania Occidental, pero no el tocadiscos. Y la radio, quién la escucha, en las mañanas ya.
Quién ya piensa en esa historia, quién recuerda.

La alacena está repleta de gorgojos.

2 comentarios:

Karina García Albadiz dijo...

Me emociona este poema. Me gusta pensar que nuestro grupo acoge a varios hijos del exilio. Salirse de ese gesto burgués que tenías y encontrarse con la historia, la verdadera historia. Felicitaciones.

Karina García Albadiz dijo...

Para mí los gorgojos son los neoliberales concertacionistas.