27 de octubre de 2011

Plano inclinado por Javier Peralta


Ahora más que nunca es preciso decir en este fin de mundo local, donde las cosas van resbalando por el plano inclinado por los varios terremotos naturales y políticos, que de alguna manera o de muchas maneras, golpea a nuestros cuerpos destellantes que expulsan palabras chuecas en la poesía, la que surge en un punto de oscuridad en medio de la luz artificiosa de la simulación publicitaria en la que lo falso es la verdad, pequeño oscurecimiento, a lo mejor, pero denso como dentro de un bosque nocturno que alberga la soledad y la creación, las que se aparean cobijadas en las sombras, de la que nace la poesía que corta el cordón umbilical trazado por la metafísica sin experiencia. Cuántas historias, luchas, vida, hay detrás y sobre estas escrituras que ruedan por la autogestión disidente en su propia inflexión reflexiva, desgarradora, que no es transable con la estructura del mercado, porque no tiene un valor de cambio, ni moneda que equivalga a un verso, los que son ánforas rotas que diseminan la interioridad del poeta en la escritura como antídoto y veneno, que abre y cicatriza heridas en los pueblos, puertos, ciudades del flaco Chile y América entera, remeciendo el punto de apoyo autocomplaciente con una escritura que chorrea y contamina la aparente pulcritud de las instituciones que son un signo vacio más, estancadas, putrefactas, convertidas en desechos en la mar del necro capitalismo.
Por eso un libro de poesía no es en vano, menos aún el trabajo colectivo que es tan difícil y necesario, cuando el Golpe técnico de la derecha, se repite y reverbera intentando fragmentar a la sociedad. Estampar el sello poético en las hojas en blanco, estampar la vida en un país en blanco, es inscribir y tatuar la poesía en la existencia, es arriesgar el pellejo hasta la última noche en una apuesta que no tiene nada que ver con el dinero, sino con el hambre, con el hambre insaciable del artista que alza su trabajo como lucha, como tajo que abre la configuración homogénea de lo establecido, con un lenguaje salvaje, libre, en el que se generan voces colectivas no institucionalizadas, por lo tanto, en los que se articulan modos de decir indomiciliados, esto es, transitorios, o “vías marginales” de enunciación que han permanecido en silencio bajo la hegemonía de la “estructura dominante” y de una verdad administrativa.
Por lo tanto grupo Casa Azul, fuerza y convicción.

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