Poética de los plexos

PlexoSur




DAFNE MEEZS
Temuco, 1979

Los textos presentes pertenecen al libro inédito Jardines abisales. En él el hablante da cuenta de su condición de ser orgánico que va desarrollándose en etapas biológicas, evolucionando desde las finas estructuras de la vida vegetal hasta las tensas contradicciones humanas. En su paso de una a otra etapa los poemas adoptan también formas más complejas, incluyendo en su complejidad la reflexión metapoética. En ese sentido podríamos decir que el propio lenguaje poético es tratado como un ser orgánico que evoluciona a la par que el hablante lírico en sus distintas etapas de desarrollo: vegetal —animal— animal humano.  El abismo al que el título hace referencia viene a señalar el pozo de dudas que es la conciencia, que según una visión antropocéntrica, sería la cima de la evolución. El jardín es naturaleza intervenida por el hombre; ahí virtualmente se reúnen los distintos objetos y sujetos líricos.






Jardines abisales


Las manchas no son impresiones
son cuerpos
arrancando de otros cuerpos más oscuros.

Un  tropismo deliberadamente lento reproduce
los miembros autónomos de un ser filamentoso, que ondula en torno a ellos.

En la maraña cóncava
a los que arrancan,
el terror pánico les fosforece
como trizas de un sol extinto en los ojos,
trazas verde dejan como rastro.
Mi sombra también es una bestia
temblando bajo los amorphophalus.

En los jardines abisales
la falaz ataraxia vegetal
encubre el espectacular canibalismo.
En el fondo más profundo, una complaciente autofagia.

                                                                                                                                      


Fascinación


Desciendo por mi voz
Para volver por el eco
Con mi cabeza bajo el brazo

Lanzo mi carnada, mi palabra
describiéndole el lugar de arriba
generaciones de queltehues pardos e iridiscentes
graznando trizan el agua del cielo
y el torcido rosal granate que cimbrado por el granizo
lava mi nombre sobre la piedra

Hundo mi sonda encandilada
a través de colonias de estrellas bioluminiscentes, translúcidas tropas
de cefalópodos y caballos
polimórficas alucinaciones táctiles
y esa mesmérica rozadura de ida y de vuelta
luego sentencio;
abajo tampoco hay nadie que te dispute, a la vez que dudo


                                                                                                      


Equa Ferus


De pronto quiero
En el fondo
de este vaso
Encontrarme a  mi caballo   
Empapado en su sudor
Con los ojos bobos
llenos de pestañas
Que me pida que le frote
su pelambre rosa sanguinolento
Quiero
Llamarlo desde la vibración que aún persiste en el camino. En sus cascos, en sus cañas, en sus tibias, en sus vértebras caudales, en su cruz, en  su crin, en mis huesos sacros, en las dos espinas curvas, en las escápulas, en nuestros huecos óseos resonando.

Quiero
que a la  vez bebamos,
desde arriba desde abajo
de este mismo vaso,
con la misma sed animal,
del desahogo,
que es la bruta
ansiedad de desafiar despeñaderos.
Quiero
beberme en lo oscuro
este vaso de aguardiente
y que mi animal se me ilumine
como un ángel fosforescente
caído en el abrevadero.
Que su vida tan corta, le urja
en los tendones a precipitarse,
quiero
escuchar en mi sangre a mi bestia
su espléndida estupidez relinchando
ofensiva contra el aire
viciándolo, agotándolo,
violenta, furiosa, echándose a correr.



Llegué tarde


Llegué tarde a casa;
anduve buscando poesía.
Gasté mi dinero
gasté mis zapatos
gasté mis rodillas;
encontré sólo nombres
diferentes para las cosas de siempre 
y el ritmo inconstante 
de alguna canción remozada. 
¿Dónde está mi cabeza? 
Recuerdas cuando la tomaste y dijiste: “tengo un corazón” 
y agarraste tu corazón
y lo empezaste a golpear contra ella preguntando:
¿Dónde está tu corazón?
¿Su temperatura?
su zona de calor oscuro, su frío de miedo.
Restregaste tu pequeñito corazón por toda mi calavera
hasta hacerla incandescente.
Tu feroz corazón abrazó mi cabeza,
la abrió por arriba.
La luz, el aire frío,
el olor de tu corazón se metieron
como horda de bárbaros mostrando su hambruna.
Despertaron las lombrices ciegas
que dormían en mis circunvoluciones.
Sus cuerpos celestes  y rosados
por las paredes buscaron el exterior
reptando, se reprodujeron,
encontraron la ventana.
Plagaron la periferia.
Lo encontramos,
lo pusimos, mi corazón,
no una réplica de mi corazón, sobre la mesa.
Supo del aliento acercándose
pero mi corazón aprende y quiso tener hambre
y devoró el tuyo desde dentro
y salió a buscar… tú sabes.
Fue en la época de la plaga.
Golpeó, entró, restregó
exhibiendo su apetito,


caminó hasta la madrugada entre los cráneos que rodaban
subió a gatas la escalera oscura
—pero ¿sabes tú ahora dónde está mi cabeza?
Si se fue por el desagüe como dices
¿Andarás por la costa buscándola en invierno?
Si la encuentras

¿Podrás contarle cómo
se ve el resto de las mañanas
en la ventana de tu pieza,
intentar describirle
el olor de tu cuello, para que no sienta frío,
y a este cuerpo decirle
que la habitan las anguilas,
verdes, rojas, que no está vacía,
luego doblarlo
y ponerlo,
para que no tropieces,
en el cajón de más abajo?


Con estrépito


Trepados en el espacio
Del descanso al ático
De rodillas
Como Jaculatoria con dentelladas
entre resacas con pedruscos
Avanza el aceite por las glándulas

Penetra túneles hacia un incierto cielo de seda que fosforece detrás del ojo. Como promesa: alivio de abrasiones. 
Y nada, entre todo lo que imaginarse pueda, se revuelca.

Afuera,
por las trepidaciones,
el estropicio también
es espanto y éxtasis



¿Recuerdas que tengo 32?


Recuerdas que tengo 32
que soy
un animal desertor
que soy comida hambrienta
que escapo y siempre vuelvo sucia
que casi muero a diario
y que todo es sobre mí?

Que tengo una enfermedad no manifiesta
y una fiesta por celebrar
que tengo la risa rebobinando
como serpentina ansiosa
una vergüenza todavía verde
y un porcentaje impúber.
Que me gusta pero me asusta
que una de esas veces
se me salga el cuerpo
pero quede algo y eso me supere,
o que se me pierda la cabeza y no descubra
quien le hablaba le hablaba le hablaba todo el tiempo.

Que tengo miedo a  que los ojos se me multipliquen
y pueda verlo todo,
menos si sigo ahí.

Que alucino con no ser biodegradable, una bolsa plástica negra
aventada para siempre por los autos.

Que me divido cada vez que digo yo
que mis sinapsis son mordiscos en peleas de perros irracionales
que hago poemas
llenos de erres como ripios
que mi pedazo de fiesta es mío
en la punta del lago
que me ahogo y desahogo sola
que mi lamento me encanta
que cuando te llamo azúcar
quiero decir sal
que debes entender que me lo pides cuando me lo impides
que esas cosas de la lengua son intraducibles.      
que tampoco
me gusta que me miren
que me toquen
que vicien mi aire.

que la sal y la luz me escruten las papilas y las pupilas.
que soy el asco exquisito.
que no soporto la imperfección
menos la perfección

Que no sé nada pero tengo ideas
que hacen que pasen cosas en el medio externo
que incluso todavía a veces me pregunto
donde podrá radicar
la felicidad del hombre
que digo que nunca
debió separarse la luz de las tinieblas
que amar la propia estupidez
es la más brillante
manera de ser feliz
que lo inútil me vale
que el deseo desprecia a la necesidad
que no juego con las palabras
porque nací niñita, pero lo estoy superando.
Que seré joven hasta que me canse hasta que me harte hasta que me agote
que por suerte no soy mujer
sino un ser humano hembra
que me fascina la palabra
fascinación
la palabra rara la frase eye sex and make up de una canción que nunca ha escuchado
la sinceridad la abrasión la sinceridad la carne viva la insistencia las repeticiones

Que te había contado
que elucubro
un estado psicosomático hiperestésico de felicidad mórbida inmotivada
cuyo síntoma sea andarse riendo por los rincones.
Que lo único que le pido, a Diosito
es que cuando me plagie
me contagie
o por lo menos
le ponga mi nombre,
por favor.
Y que este poema
no termine aquí


Gris encarnado


Boca abajo tú,
yo sentada en tu espalda
tú, muerto.
Meso tu pelo, yo
meto los dedos en tu boca,
en los agujeros de tu nariz,
toco por fuera tus ojos,
por dentro.
Sorprendentemente muerto tú.
yo, bajo,
palpo tu tráquea,
tu nuca tierna.
Hay un hombro para cada mano,

las masajeo con tu espalda,
asgo tu cintura,
ellas suben y bajan,
suben y bajan.
Tú, equivocadamente muerto.
Me siento en tus corvas,
hay una mano para cada hemisferio,
en tus piernas hay algo que les falta
y tú, tristemente muerto.
Me siento
al borde de la meseta,
toco los clavos de tus pies,
sus quicios,
tus plantas íntimas,
su resquicios rosados,
escupo en ellas y humedezco sus dedos, sus raíces
tú, lamentablemente muerto por mi mano ajena,
tu mano amiga.
Un rayo de luz se cuela por la puerta,
ilumina la escena...
estiro la mano y acojo tus gónadas
como a un polluelo.
Despertamos,
tú vivo
y yo todavía con el sueño en los ojos.


Un suave y blando movimiento deglutorio


No creo en el sosiego cuando abro los ojos.
Tengo en cuenta el escenario,
es otro entre nosotros.
Aunque desaparezca cuando el juego cesa
y los párpados caen,
con una piel diferente
siempre se levanta.

La silueta de la cadera
que se delimita al mirarla
ignora que está adherida
a la lengua de la madera 
del suelo en que descansa.
A los pies azules bajo la ducha
los azulejos les lamen las plantas.

No es una cadena de fondos pintados,
es la bestia que juega con su presa
antes de tragarla.

Ya no creo en el sosiego
cuando abro los ojos.


 
De Jardines abisales, inédito




CONSUELO MARTÍNEZ ASTORGA
Temuco, 1989
En la profundidad el cuerpo, el alma y la mente se encuentran en la creación. Cada proyecto escritural surge como consecuencia de una actividad imparablemente conjugada. Escribo representando la voz de aquella profundidad íntima que sintomatiza corpóreamente y a la vez se silencia. El acto poético-creativo ocurre como consecuencia de una intensa evocación emocional e intelectual basada en disciplina, tiempo, ideas y secretos, de ahí que exprese una compatibilidad entre lo nominable  y lo difuso. El poema aguarda y se confabula tácitamente en el misterio hasta materializarse como una composición libre que pertenece a cada lector. Cada obra poética es una nueva oportunidad para crear y penetrar en lenguaje.
Ha publicado: La Sombra del Pájaro, texto autogestionado con apoyo de Ediciones Rodríguez, Temuco, 2012.



Descenso


Fragilidad.
El paso interrumpido del resto del cuerpo,
despojándose como un otoño pisoteado. Una puerta
oculta los ojos quebrados,
            el pecho partido, la piel congelada.
Silencio.
El palpitar violento se apacigua
 en el regazo del silencio.
El reflejo de la noche se agolpa
 tras los ojos.
Polvo.
La herida se abre
liberando
su vieja sangre:
nunca se sabe
cuándo volverá
y otra
 vez
la
 luz
se
muere
en los
 párpados
de
un
recuerdo.


La voz del visitante


Todavía me ronda el visitante intempestivo.
Vela bajo la aparición de un fraudulento lenguaje
                                               : ruidos en cadena
                                               : gritos que no se ahogan
                                               : dolores falsos y mentirosos
dilatándome en sus propias veces.
Él en mí y yo en mí. Viene
cuando se extiende la noche. Pretende entronarse
pegajosamente sobre mi sangre temblorosa, con miedo desvanecedor
                        Patrón persistente y frecuente.
                        Constante, sin causa alguna.
                        Crónica y exagerada inquietud: inestabilidad
hasta que mi mano
escribe sobre su pellejo: esta es la máscara de otro cerebro.
Y ahora:         Suda dentro de mí, agita
la voz del sueño: falta de conciliación y finge.
No hay razón para su existencia.
Empiezo a oír que esta voz es ficticia.
Así
cargo con mi cuerpo como si no fuera mío,
me percibo lejos e invisible. Desapareciendo
tantas veces
            regresando a mí misma,
terminando por creer en la desconfianza.
(Tal vez nadie creería que soy carne
después de haber sido tantas veces aire).
                        Todo esto es de fuego,
                        se enciende en el aire
                        quemándose en mí
                        y haciéndome otra nueva, cada vez,
                        sin soplar la ceniza.
Aún persiste en mí.
Todavía me ronda la voz del visitante
desea hablar y dejarse brotar: que se hagan seguidor del silencio,
pero aunque en el silencio me enfrente como una copia borrosa
defiendo y empuño el corazón para vencer.



El conjuro de Léctor Rívano


Para Carla  M. V.


I

El tiempo dilata los fantasmas
y multiplica su intuición,
limitando el mundo y las formas
que, angustiosas, son posibilidades muertas.
Léctor Rívano los conoce.
Cada tarde, frente al libro
posa sus grandes noches sobre las palabras:
                        las conjura y son inmortales,
                        las convierte en espíritus que suplantan su credo
                                                                       por todo aquello que no es cierto.

Con sus astucias abre el laberinto y sale por él.
Léctor permanece a cuentas con su atávico espanto
y los fantasmas
             vuelven a sus polvorientos cajones.
Este conjuro lo salva de que enloquezcan sus sufrimientos,
y descubre que mientras descubre el poema
se le transfigura la muerte.

II

Esta es el alma pasajera,
empuñada, tan silenciosa y lejana
que de las viejas páginas enciende el vapor                      
                        para despertar al escritor perdido
                        e imaginarse los lugares que al amanecer no existen.
Léctor bien sabe
que enunciando los paisajes
continuará conjurando la ilusión entre libros.



III

Desde lejos, el trueno habla a los espejos de Léctor,
combatiendo a luz y agua por la tinta de los viejos libros:
            para hacer volver el aroma de las aguas desconocidas,
            darle patio a las aves que vuelan lejos,
            ocultarse  tras la voz de un mundo invisible
            y empezar por el fuego antes del mar.


IV

Léctor y la noche acercarán las horas, muy cerca,
para que más tarde se unan a crear las hojas
antes de que se vuelen a la memoria perdida.
Se deja al silencio sin relojes
y se convierte en un viento
que, más allá, viajará a las lindes de la emoción.


V

Rívano nació escuchando la música de los poemas.
Antes de fundarse su profundo sueño
ya quemaba sus ojos de carne
                        con las palabras de sus enterrados escritores favoritos.
Así aprendió que lo invisible es escolta y poción
que sabrán desvanecer las murallas que espantan el alma
y no habrá llave ni lengua más que la suya
que despierten a los árboles muertos.


La entrada experi-mental a la calle de los mil ojos


Por la entrada de la calle ya veo los mil ojos,
 mil ojos para probar qué evito cuando tiemblo.

La luna llena les abrió las pupilas
                        y  frente a mí se multiplican,
se me acercan como estatuas blancas, de grandes patas,
(como la última vez que anduve por aquí).
El sonido de sus pasos percute en mi pecho
y entonces, voy perdiendo el respiro,
disminuyo a cada paso y en mí despiertan las voces.

Se fijan con los párpados muertos
y palpito por completo: ellos se han vuelto para rodearme,
            abren sus bocas
            y estirando sus manos monstruosas no me dejan ni pies ni brazos,
pero camino
con la boca cerrada,
endureciendo mis labios,
para no gritar que la noche otra vez me ha llegado a la cabeza.
Yo los miro
y sus miradas negras se redoblan a bandada
tan dentro como me laten las venas,
y a unas cuadras ya no comprendo y desvanezco.                                             
Todos los ojos se ocultan: otra vez mi invención muere.
                                               Imaginé sus ojos hambrientos y creí en ellos.
Ahora la calle es una callecita y los ojos: una especie mental.

El navegante


Mañana seré un navegante invisible
                        (Ese que siempre quise ser)
Las velas me llevarán a donde
la mente se niega.
Las aguas me dirán
que los mares existen
y que la inmovilidad es una
                                   obsesión
                                   improlongable.
Pregúntenme, mi cuerpo así no se duerme,
puedo capitanear con los ojos
cerrados,
puedo mover velas de madera.
Allí, entre los dos azules,
iré tras mi tripulación
para dejar esos caminos
                        verdaderamente pocos.
Mi barca está en la orilla,
todavía escuchando la voz de los gestos.
Pronto zarparé
y me iré a las olas trazando
            otro universo que no obra como yo.






DIEGO ARAVENA INOSTROZA
Temuco, 1986

Los textos buscan retratar un sur chileno desde una visión particular, bajo la mirada de la historia reciente, fragmentada, difusa y poco definida de la Araucanía. Se escribe sobre la pérdida de significados a partir de la construcción de una región con ciudades fundadas hace poco más de cien años y cuya formación, al igual que su historia, resulta convulsa, poco clarificada y en constante redefinición entre ruralidad y urbanidad, entre memoria e invento. Se retrata una persistente necesidad de conexión entre las personas, de búsqueda de identidad en la raigambre y en las relaciones, describiendo un mundo mestizo, mezclado, interconectado, pero desmembrado y nostálgico, de identidad difusa y sin significados definitorios. Se escribe sobre una melancolía sin especificidad, en búsqueda continua y en constante pérdida y olvido, tanto del vínculo con la tierra y el pasado, como de las personas, sus relaciones y sus historias, que son finalmente el reflejo del entorno en donde se han forjado.

Ha participado en la Revista “A Las Espuelas de mi Caballo” (2006), escribió el cuento infantil La Historia del Pudú que quería volar, 2012 y es autor del poemario inédito Polvo en las pozas del cielo, 2013.


Antes que acabe el invierno


Antes que acabe el invierno podríamos pasar al cementerio y oler la tierra cuando se humedece, salir al patio y ver el sol mortecino cruzarse como grillo por las hojas, hablar de la madera, del carbón y el fuego que adormecen la helada. Podríamos reflejarnos en las pozas del cielo y el barro de las calles, buscando esa cadencia única que tienen las bolsas de pan a cuatrocientos la compra sin vuelto.

Estamos vivos, sé eso. Sé que estamos vivos cuando dormimos, cuando escuchamos nuestros murmullos y nos tocamos el cuello. Tenemos un poco de fuego y presente. Tenemos un paso y el siguiente, y el camino que recorremos sin decirnos nada. Tenemos pan tostado, agua caliente, un dolorcito en el alma y mantequilla. Tenemos pena, una manzana en la mochila y piernas. A veces dejamos huellas pero se borran. A veces también hablamos pero lo olvido.


El mapa


Los busco a todos en la bruma que ilumina mi velador. Sobre él hay un vaso medio vacío, anotaciones, evidencias y venas sin sangre. Desparramados, sus rostros se esconden en el sarro de la memoria, en el esmalte descascarado de mi deseo, en la insignificancia invaluable que tienen los objetos en que imprimieron sus dedos.

En un reloj sin pilas se reflejan los míos. Y en muñones de papelitos tontos: servilletas usadas y una foto vieja, boletas sin fecha y envoltorios de dulce. Sé que en alguna parte en medio de la basura, en un sitio pisoteado mil veces, debe haber algo de verdad sobre nosotros: quizás un puñetazo al hígado como testimonio rabioso o el murmullo ahogado de un animal extinto.

Cuando pienso en verlos de nuevo siento en la piel el vértigo previo a una batalla de sables y cuchillos.

Siento el nerviosismo de estar a punto de competir con la vida luego de tanto tiempo royendo el cielo. Puedo hallarlos, digo, y este es el mapa para encontrarlos. Puedo capotar aún, sé que puedo, aunque la avioneta sea muy vieja y en vez de alas tenga esquirlas.

No es necesario abrir los ojos luego de dormir. Ellos están aquí conmigo, tranquilos, afables. Sus caras dibujan una hermosura que me deja mudo. Me embriaga sospechar sus pasos, perseguir su miel, aunque no logro recordar nunca ningún nombre.


Pajarito


Mi vecino fuma por las noches cuando cree que nadie lo ve. Enciende la luz de su pieza y abre su ventana al frío. Yo lo veo y cuando lo veo lo amo. Él no se da cuenta que lo miro y que lo escucho, ni se da cuenta de que sé que llora. Gime como niño con el hielo de la noche, pero cuando hay gente ríe y canta como un pajarito. Se asoma creyendo que está solo para rozar con sus labios el rocío, besándome a mí bien de lejos pero sin querer.

Tiene en su cara mi imagen, aunque todavía no lo sabe, porque él no sabe nada y sólo vuela y sólo huye. Huye por los rincones pelados buscando carbón para el brasero. Huye de mí, de mis caricias, y se golpea la cara llorando. Mira como buscándome, como si yo estuviera allí, en el golpeteo humilde de su corazón. En sus dedos fríos que se quiebran. En su mirada trizada como vidrio roto que se queja.


Figuras de estrellas


Más que la lluvia y más que el pasto, lo que nos define es el silencio. Nuestra dulzura se añeja con el pan mientras nos sentimos perdidos y no nos importa. Pasamos de moda y lo que decimos pierde relevancia, si es que alguna vez la tuvo. Amigo, si no tenemos vasos no sabemos qué sentir y eso nos asusta. Nos asusta tanto, sobre todo la noche, sobre todo las palabras, pero más que nada tocarnos.

Reconocemos nuestro lugar junto a la escoria, lo amamos y lo agradecemos. Amamos tanto estirar los labios al vacío, al anverso de la felicidad. Estamos contentos. Pensamos en los ángeles. Pensamos en el lazo que ata nuestros ojos con la lava, escondido tras las frases que divinizamos. Tiramos una carreta de papeles y chistes con el pelo bien lavado, aunque en el rostro se nos adivine la lana rota y la peste.

Solo buscamos sentir un poco, ¿quién nos puede culpar? Solo queremos saber quién es ese tipo en el reflejo del agua, cómo se llama y qué hace. Amigo, déjame seguirte a ver qué encuentras, sonreír contigo aunque cada sonrisa pese tanto. Déjame dormitar un rato apoyando la espalda en el techo o en los fierros. Dime por qué, más que deseo, sexo o diversión,  hay tanto cansancio. Figuras de estrellas irrumpen en mi cara como soldados de alambre arrastrando la torpeza.


Mi ventana


Abre mi ventana. Está lloviendo afuera y el metal se oxida rápido. No se alcanza a ver entre el vidrio y el infinito, por las gotitas rojas pegadas entre mis ojos y el futuro; atravesadas en mis nervios y mis sueños, a medio camino entre la euforia y la tristeza. Ayúdame a subir por donde baja la lluvia, a la negrura total de la noche sin estrellas. Ayúdame a ir arriba de esas nubes aunque sea a mirar por unos segundos el cielo despejado. Dar un salto gigante para asomarme arriba de la oscuridad, y como nunca antes, verlo todo iluminado con una claridad absoluta: el fiel reflejo de un millón de astros destellando el paraíso, y luego caer.


Mueren las naranjas


Mueren las naranjas. Su muerte me fractura la belleza, la voz se me enreda. Como las manos. Como los ojos y el techo, las siluetas y el humo. Todo se vuelve risas, piruetas y manoteos del hambre. Dime dónde queda el cielo del que me hablaste una vez porque confundo su imagen con un perro enfermo que no duerme por las noches.

Confundo también mi cara con la tuya y me aturde el tiempo, querida, cuando quiero hablar. Es tanta la vida que pierdo y a la vez las piernas marchitas. Se me erizan los pelos cada noche con un gritito de nena que me confunde. Es que no quiero más que los fierros azotándome la espalda, y las palabras verdaderas recorriéndome el desvelo.

Ya nos olvidamos del gusto por fumar. También de los otros gustos. Trabajamos para satisfacer la carne, sin aire tendencioso ni afán de pelear. Busco la vida en los nervios y en la leche; en los ojos vidriosos y el tecleo inútil de trasnoche; en el tono pretencioso y desparramado, irregular, torpe. Tono martilloso, pretendidamente macho, pastizal quebrado en la mañana más fría. Fría como mi sangre. Fría como la voz que llevo adentro, animal y aguada. ¿Será la voz del mismo perro que atropello vez tras vez?
Mueren las manzanas. Sudo, no puedo reír.  Quiero mascar el polvo viejo, la arcilla roja y los olores. Siempre los olores. Los olores en el cuello, en las hojas nuevas, en la madera encerada y la lluvia. Los olores en la atmósfera. Tras el barro, en los pliegues de tu mano. En la pera. En la nostalgia dulzona ya vinagre.

Acompañado por un animal con recuerdos, vadeo el camino de los abuelos.




Ramas


Existe una distancia insalvable en cada momento en que callamos. Nos atrae, no nos estorba. Hemos aprendido mucho viviendo en el bosque, en lo más profundo de la selva, aquí, en el desierto, en la nieve. Solo nos interesa el sol en la cabeza, en la piel, aquí, en la sangre. Solo el sol y los aromas de la tierra. Siempre el sol, siempre tú.

El resto es mover las piernas una vez y otra más. Avanzar con lentitud restregando nuestros ojos en la maleza y la grava. Hay un martillo dentro de nosotros y trabaja siempre, herrando caballos, forjando mazas. Nos volvemos fuertes como un pájaro que sabe su lugar en el mundo: un nido insignificante de ramas débiles y el alma endurecida por la negrura de la noche.





Costillas


Tu belleza siembra la tierra sin vida cosechando enanos deformes que en sus rostros reflejan buitres. Tu belleza surge cuando nos miramos con ojos de animales antiguos y dentellamos los juramentos que no hicimos. Porque nos hundimos sin saber. Nos hundimos sin llorar, riendo y cantando.

Somos oleaje y vida salvaje, sin perdones ni bondades. Vomitemos el aserrín de nuestras casas y destrocemos los faroles de las calles. Mastiquemos el ruibarbo y el polvo de las alfombras.  Levantemos la ilusión por el mar coagulado en su negrura y enamorémonos del suelo sucio, las piedras toscas y el odio.

Dispárale a los perros. Dispárale a los gatos. Deja que la sangre salpique hasta las nubes y que la lluvia luego la devuelva. Deja que se hundan las costillas y los huesos de mi tórax porque no necesito respirar.



Matar gatos a balazos


Hay que romper las puertas y las ventanas y cortarse con los pedazos de vidrios y las astillas. Dejar que la sangre se ponga verde y crezcan flores o cardos que huelan a resurrección de insectos llenos de brillo. Eso quiero y no la sombra penca del sarro ni lo repetido. Apartar un puñado de aire para los tiempos de miseria en que no quede nada y estemos tirados en alguna pampa de mierda sin luz ni amor.

Hay que superar la montaña de ripio falso lleno de arañas y de moscas, de piedras y cansancio. Sobre todo de cansancio. Tener de nuevo pasto y azul en la cabeza y vaciar en nuestro pecho un líquido viscoso lleno de maravilla, que nos mueva las piernas aunque nos paralice el corazón.

Quiero una verdad vibrante aunque sea apócrifa y decadente para decir que luchamos y perdimos, y volvimos a perder. Que fuimos bellos y putos. Que nos convertimos una vez en pájaros y te hallamos, y que cuando te hallamos tuviste lo que nosotros no.  El dolor sin rencor, nuestra música sorda.

Porque estuvimos donde se recuerda el mugido de las vacas. Donde se recupera lo digno. Donde se puede parir el cableado eléctrico de tu sangre: cuna mestiza de un montón de espíritus apaleados que alguna vez se enamoraron del trigo.







CRISTIAN CAYUPÁN
Temuco, 1985       

Uno escribe  pulsiones contrapuestas buscando calibrar el lenguaje no convencional, una realidad que no solo fluye en la palabra sino que, queda grabada, inscrita en las mudas piedras, esas que actúan como señales de ruta para contar la historia. Asimismo, hace uso de mundos naturales, oníricos y sugerentes, donde la urbe se confunde con lo natural, la sobrevivencia con la muerte, llena de vida por-venir. Así la multiplicidad existencial o construcción de la identidad es abordada desde el punto lingüístico como del temático- visual. En reiterados pasajes traza imágenes respecto al proyecto lárico que expuso Jorge Teillier, dejando ver cierta inclinación por el lenguaje fronterizo.

Ha publicado: Poemas Prohibidos,  Editorial Rodarte, 2007; Katrü Rüpü, Romancero Mapuche, Imprenta Merino, 2008, Reprimida Ausencia, Comarca Ediciones, 2009; Usuarios del silencio, Comarca Ediciones, 2012.


Herida de abril


Se marchitan silentes
los párpados del día
con una dolencia mayor

Herida de abril
Sangre de otoño
que coagula arterias
Manantial de lágrimas
serpenteando riberas

Un viento tibio
rompe la tarde
compromete arboledas
que desprenden sus goteras

Se eximen los árboles
por cada hoja derramada
adoquinadas en el suelo
perturbadas por el viento

Mejillas salobres
drenan las calles

El aire agita sus brazos
junto a él me marcho
empapado de lágrimas secas.



En el viejo ciprés


La tarde está al caer

Revolotean los últimos cantos
de gorriones
guarnecidos en el viejo ciprés
cuyo verdor
ensombrece el patio
humedecido tras las últimas lluvias

Mi mundo empieza aquí
a partir de un viejo ciprés
de sombra madura
que solía trepar en la infancia
donde también veo / desvanecer la tarde

Se oxida silente el alambrado
por la salinidad del aire marino
Aquí la apuesta es vivir
aunque el lenguaje de los plumíferos
le provoquen confusión 
Siempre vivir
Vivirlo todo y morir bien

Las venas del sol dejan sus huellas
en nubes coaguladas            
La tarde, entonces, enciende su magia
agita sus brazos con un Adiós
rojo, como una mata de cerezos maduros

Así el horizonte deja caer sus telones
como quien deja caer su sombra al suelo.


Cuantos años caen en este día


He disfrutado de todos los silencios
embriagado de soledad
contando los minutos dentro del día

He descifrado oscuridades   perezosas
desdeñado
herido de horas

Me duele todavía la piedra
que no encuentra sitio donde morar
piedra contenida en el umbral
Dolor en la palabra
mas no en el mordisco

La tarde va de cielo en cielo
pernocta más allá del horizonte
al otro lado del océano

Mis días son puertas que no cierran
cerraduras que perecen con el tiempo   
bisagras estáticas

Mi camino son pétalos de baldosa
que palpitan silentes
lenguaje que el hombre olvidó
Palabras escritas en el viento

Escrutando horas —intuyo—
que sobrevive la noche  
flanqueada de estrellas

¿Qué corazón le palpita a la piedra
mientras las estaciones de la noche
desacatan la oscuridad?


Última estación


Nadie espera el invierno mejor que tú
con un brasero y pellín carbonizado

Después de unos mates con malicia
subes al techo a tapar goteras 

Nadie menea la noche mejor que tú

Nadie se ha arrepentido de su muerte
con excepción de ti

Nadie te recuerda de mejor manera
que nosotros, tus hermanos.





Patria de papel


En la patria de papel
hay una semana para cada noche
que pernoctan a la intemperie
Un semestre por cada mes
alojado en tinajas

Insomnio tras insomnio
transita el tiempo
De burdel en burdel
pesan los días
Dagan las tardes
duelen las sombras
pugnan las horas

Los minutos son accidentes
irreverentes, estáticos
Las calles confían en los pasos        
que le arrojan
Aborrecen las huellas
olvidadas por transeúntes
Huellas que se duermen
en veredas inhóspitas

Las esquinas verdean
naranjean o rojean
Esperan su turno

Escasean los días
que van de un lado a otro
hiriendo su claridad
Pero van de sobras las noches
de burdel en burdel
insomnio tras insomnio
flor contra flor.


Trópico de Cáncer
(nocturnum)


Anochecemos
bajo un lenguaje de astros 
centinelas del tiempo
testigos del mundo  
Nos cuesta inventarnos el día
y habitar en él
porque lo nuestro es una noche      
que perdura en el tiempo
arrastrándose en el aire
entre las cuatro paredes del fuego
que sacude nuestras sombras
en lo más remoto del brasero

Pero aun así aparece la mañana
trasnochada  
Una madrugada nunca es igual a otra
en distancia, en altura
ni en porciones de claridad
Lleva deslindes diversos
nunca hay dos iguales

Brotan los primeros cimientos
de la salamandra universal
Cuántos días caben solamente en uno
Cuándo acabará, dios mío,
la paternidad de este infierno
la maternidad de esta luz

Omitiendo palabras
leyendo páginas en blanco
niego este monasterio
No ha sanado la herida de la copa 
en este vino roto       
que se duerme en mi boca 
mezclándose con la sangre de la aurora 
en este tinto salvaje
de instinto amargo.


Noches paralelas


Sé que me necesitas
que me evocas
que me llamas
Una noche precaria
igual a esta
En una noche soltera
sin compromiso

Te comportas nocturna
urgente, precaria, soltera
junto a ese silencio mutuo
que te habita

Sé que mañana
al llegar de nuevo la noche
otra vez será de nosotros
la desnudez material de la oscuridad

Pensando en mí
—sospecho—  que pasas los días 
llenos de urgencias
Días precarios
días de lluvia
Noches que no coincidimos
oscuridades en vano
paralelas, costosas.  



  

SOFÍA JARA
Temuco, 1988
En primera instancia, Lunática  fue la tentativa de abordar lo sexual desde una perspectiva, al menos, ambigua. El poema era (es) el ojo lúdico que se posaba no solo en las experiencia del hablante, sino que en su proyección fantástica, como pensamiento que rompe una moralidad lineal, monocorde, al punto de llegar a estructurar un texto dinámico, impulsivo, y a ratos, eufórico. Posteriormente, esa mirada turbulenta de lo sexual, se insinúa en algo que nos recuerda a la prostitución juvenil y la evocación de la espina que guarda la niñez. He ahí algunas coordenadas.


 Lunática 

I

Poco a poco todo he perdido:
Primero al padre,
luego,  inocencia.
Sí, una vez hubo un perro,
un gato,
un primo trepando sueños y árboles,
padre-abuelo, madre-abuela,
y de pronto, todo fue de pronto.
Nunca había sentido la muerte cerca.
Ese día. 


 
II

Tacones, miradas,
cartera azul en mano.
Caminas, vas, como fracturada por la calle,
mascando un placer que entumece las pestañas,
las medias rotas en el ritmo fraudulento de la calle. 
¿Qué esperabas, luna ciega,
muchacha de pómulos rojizos,
que  nadie te viera lloriquear
en tu sexual jornada?
Olvidaste, junto al espejo, la mordaza de tu niñez. 



III

Los días,
el pensamiento de los días,
aquí,
justo aquí,
se derriban en mi piel
como jauría muda.
Tengo el alma parapléjica
y lunática,
tanto mejor,
para la máquina del oficio.

 

IV

Arriba,
abajo,
aquí,
allá,
en tu boca,
en mi boca,
engendramos el acto.
Con frío,
con tierra en las medias,
con humo en el ojo,
con la uña quebrada,
engendramos el acto.
Sonando las tripas,
tras las rejas una madrugada,
con el labio sangrando,
engendramos el acto.
Arriba,
abajo
aquí,
y allá,
engendramos el acto.               

 


V

¿Qué querías, lunática?
¿Domar mis genitales tragaluz?
Revolviste cada vena
y sangraste.
Sangraste confirmando el bautismo de la carne.





VI

Testaruda,
el cáliz no emigra de tus senos.
Ese montón de tiras de cartón, no serán hilos de oro,
mucho menos santificarán tu imagen.
Testaruda,
que las lenguas, como relámpagos, te veneren
en su antesala.




VII

Lo perdí todo
y se despunta mi cuerpo.
Lo perdí todo
y debo rasgarme del pelo hasta la punta de la uña.
Lo perdí todo
y el silencio, a boca llena,
escupe mi aspecto mortuorio.
Lo perdí todo,
y bebiendo una agüita de toronjil,
espero un rescate divino
que no llegará.



VIII

Arrastro mi alma,
muda,
lacia,
empuñada.
Busco mi pelvis acuchillada
sobre las tablas.
Lunática.


Epílogo de lunática 

Siempre tuve la imagen de una abuela hambrienta de amor, de un abuelo sediento de poder. Yo era la niña de pelo manchado en resina, sarnosa, que comía  harina tostada para reemplazar las tetas de mi madre. Pero mi mano izquierda, no obstante esta comida, seguía buscando la de un padre difuso como el humo. Así, quise aturdir la angustia, quise cegar todo rincón del bosque oculto en la memoria, los pies húmedos, las manos embarradas de viejos diálogos de películas, dramáticas en el chicharreo de la tele blanco y negro, dramáticas en la repetición nocturna del “Tata Colores”. La ironía, a menudo, me ponía confusa, por ello seccionaba tulipanes que yo misma había plantado, recocía mis labios con  kiwi sin pelar, desfilaba por las piedras llena de polvo, saltaba de un escombro al vacío, atrapaba mis ojos sentada en una puerta a la espera A la espera del futuro, a la espera de ese divino señor que todos mentaban, ese que curaba enfermedades, ese de los milagros.

Y acumulé nieve en una canasta de mimbre para aquel día. Sepan que no tengo más lapso feliz que aquel donde, en una montura roja, desaparecía para el resto, al quedarme dormida debajo de la mesa, mientras los crecidos hablaban ese lenguaje de otro mundo. Hoy, que recuesto mis huesos y carne sobre el catre del oficio, sus voces me parecen cada vez más lejanas y ese corretear de niños, entre pies y tablones, recibiendo la comida de la mano del gran dios de montura roja, no parecen más que una sensación inconclusa. ¿Sucedió? le pregunto a una foto vieja, mientras limpio mi sexo de las monedas de la noche. 
De Lunática, inédito




CRISTIAN  LAGOS
Lonquimay, 1975
Toda armazón; es decir, todo poema,  desde mi particular modo de  ver, debería funcionar no solo como unidad; luego, cada una de las líneas que componen el cuerpo debería  contener a la partícula poética, de este modo, se origina además de la estética visual la posibilidad de multiplicar las lecturas y las (no) voces contenidas en el texto. Pero, esto no se desarrolla del todo si no está cruzado por lo fundamental del corpus que es la voz; aquella que recoge la relación del individuo con el medio circunstancial en la cual está inserta; es decir el medio geográfico, sus procesos socio-políticos y la cosmovisión. Se plantea entonces que estos serían los vasos comunicantes con  el (des)atento lector, de modo que lo integre a un todo o al menos lo sitúe en el contexto en cual se desarrolla el proceso escritural. Desde la aparición del libro En el País de los Espejos Quebrados, es que continuamente el hablante viene usando la imagen para cimentar la construcción del universo y transmutar la realidad. El SER se va autodefiniendo y posesionando un diálogo intimista que toma lo objetivo para abarcar lo subjetivo y comprometer la psiquis y la multiplicidad de voces contenidas en el corpus poético.
Ha publicado: En el país de los espejos quebrados, Ediciones Cautun,  Temuco, 2000;  En el Puerto de Agua Fría, Pincheira-Alderete, Loncoche, 2005; Huesos Transhumados, Ediciones Mis Primeros Pasos, Rancagua, 2006 y Otra Orilla Otro Invierno, Ajiaco ediciones, Santiago de Chile, 2012.


Luufque kañaweca

A

su voluntad antes de morir es oír
el Pitazo del tren a la cinco:
y media de la tarde

B

quien habla al puelche apiña las piedras
quien baja  los bardales
toca la flauta de mis huesos
mi dolor
empolla una culebra alojada bajo el bronce
de los catres
y por miedo
me harté de noche 
de harina de piñones
me dije que sea de una vez y no de otra que muera
mi tullida edad creció sin sombrero y a la sombra de los boldos

C

sobre el delantal
del cielo
sangro  manojos de yuyos que aderezan
el caldo en ciertos relojes
si no estuviera en sementeras mi dolor sería igual que si cortaran mi pescuezo
y de raíz porque andaría ciego y a ramalazos dando olor a vaca muerta
en los potreros de la vida

D

moriré de pie como todo árbol que da  sillas y ataúdes
y no de pájaros oscuros moriré
en un bar porque la memoria aún se embriaga
de olor a catuto que es pan
de piedra contra piedra el molino pequeño de tus manos
morirá de pie Cristian Lagos y no habrá más
aire pastoreando la colina


E

el extraño oficio de hacerme árbol
casa de  pájaros                     el  horrible
oficio de mi vejez es alimentar las llamas
del crepúsculo

F

señales casi telegráficas a un ciudadano de los años setenta:
arregla gallinero stop dentro de espejos doblados planea el cernícalo



Plaf


(arrancó gallina sin pollos/ como
Alma que se lleva el diablo)


1

Adoro mis costillas porque en ellas
los grillos escriben pentagramas


2

Pero son más adorables las hermosas
cuando trabajan
les florece un cardo de sangre en la boca pero
                        estancan esa sangre con su propia orina
                        amamantan por las noches y son la leche amarga de los lagrimales
                        ralean manzanos floridos como ellas  mismas
                        son olorosas como chivitos estacados en enero de la cordillera
y yo mirándome el ombligo (nuke mapu)
el mundo no es más grande que una pobre manzana
cuyo orujo embriaga a los cerdos en Rosario


3

el reuma es la cabalgata de la yegua parida en el potrero que  friega
con ñiereos lustrosos y dulces
a la hora de la siesta bajo el manzano trae coronas preciosas a los huesos/ un océano frío
donde duermo abanicándome con las plumas del gallo muerto en noche de San Juan
Qué se puede hacer en una gota de aire digo yo
Son falsos los poetas que no se acribillan las sienes con un tiro de pistola
Que no gozan en el fango luminoso donde amaso panes de barro para el té
de rosa con su abeja reina

4

las hachas sudan esta noche
cuchillos con relámpagos en las fauces como el puma que salta
elástico las cáscaras de piñones que caen
al fuego  AYER
pelando gansos con castillos de madera

5

en Lonquimay con un amigo poeta caminaba en círculos/ la helada
parece ser el huevo de los choikes/ la corona
de los muertos/  el alambre
que suelta la gota quemada del río al medio día
cuando las palomas llevan en las plumas el reloj de la parroquia
terminamos bebiendo baguales en un chuico

6

no sé/ pero bramo
en mangas de camisa/ con  el oído
entrenado de los gallos que duermen/ escuchando
las ruedas que pasan hacia el amanecer con limosneros en los ojos
incinero mis cuadernos y no hay poema sino un río
vertical
resistiendo bajo el catre
el ruido de los templos con la papa pelada

7

lo más violeta del crepúsculo
cuaja en los cardos
desangrados cardos
ante el viento inclinan la cabeza

8

los pueblos lacean insectos a la hora de la siesta
allí 
queman el paño de mi cuerpo
sin quemarlo


9

escuchas un sobajeo de harina con piñones
los ojos los apiña el puelche en las piedras del cerro
las lágrimas las concentra  el corazón de las cebollas
las incuba una culebra  alojada bajo el bronce del catre
allí bebe la leche de la ubre que tienen las cebollas


10

las pájaras  se chamuscan el pelo
pero yo miro el mar/ el oleaje del trigo en las parcelas
me lavo la cabeza con orina podrida/ ya no
hay polvo ni ceniza ni cuerpo/ ni papeles
quemados el año 39
miro por el ojo del hacha como aquella cabeza de cerdo mete el humo en el costillar  tocándose
el corazón con bellotas
tu sangre bulle y yo siento las orejas calientes/ se chamusca
el cuerpo en la gran letrina del vecino mudo/ esta es la fiesta
de san juan en estos lados/ taguada

11

iré
a pescar al indio
nube
corre en el cielo
y el cielo está en el río que
regala sus peces
desde el salto la princesa saltaría en parapente/  dejaría
el único río donde aún salen truchas arcoíris
y  ese otro que conversa en una cantina con el desconocido de siempre
sabe cazar zorzales pero no peces en el río
te dejaría planeando el cerro Córdova  aún
brillan los techos de la población Manuel Rodríguez







WENUAN ESCALONA
Temuco, 1977

Box es un poema prosaico de largo aliento que conforma una de las secciones del libro inédito titulado Mapa roto. En él, se aborda al mestizaje como principio decisivo en la creación de un imaginario que transita entre los fragmentos de la identidad indígena. Ahí, memoria, tiempo, vida, muerte y las dimensiones territoriales campo-ciudad, se ven  trastocados por un contexto onírico, dado por la metáfora del “blanco hospitalario”, la enfermedad mental y física, que son, paradójicamente en su desenlace, la tentativa de un nuevo entendimiento espiritual para el hablante y el campo de prueba de una poética que busca avanzar por sobre las definiciones unívocas del origen cultural.

Ha publicado el poemario Romería, Del Aire Editores, 2010. Antologado en: Mesa para diez: poesía y narrativa IX región (2010); Poesía amorosa actual, (Edición Braille),  Editorial Buhardilla (2011); Escribir en la Muralla, poesía política mapuche, Ediciones del CCC, Argentina (2011); Lof Sitiado, Homenaje Poético al Pueblo Mapuche de Chile, editorial Lom (2011); Rayengey ti Dungun/La Palabra es la Flor (poesía mapuche para niños), MINEDUC (2012); Weichapeyuchi Ül: Cantos de Guerrero, Antología Política Mapuche, Editorial Lom (2012); Katatay, Revista Crítica de Literatura latinoamericana, 2010.





Box

















Un hedor en estos días, en mi ropa, en la fruta. A mis palabras las siguen gatos negros. Viene una tormenta diría si tan solo supiera de barcos o de hierbas, pero no, solo tengo esta sed en mi cabeza. Una carrera en mis sesos, bichos entre la médula que provoca el movimiento. Quito mi calzado y siento el frío de una peste que me observa, una niebla mojigata que me oculta del calor. Se acabaron las pastillas y duermo en la ciudad: cerca de farmacias, lejos de la Machi. 






















Tras la ventana un caballo me observa. Escucha, atento, la canción de mi pensar, claro, porque mi voz es una piedra arrastrada por la calle y me cansé de buscarla entre el tumulto; su rastro ahora, es solo un espeso olor a anestesia. Ahora el caballo está a mi lado, y paciente, ve como arrullo al ave oscura que duerme a mis pies, siempre atento al canto de mi pensamiento. Vi las cuencas vacías de sus ojos y un miedo conocido salió volando de mis tripas. Entonces, llamé al dragón blanco que mi hija me obsequiara de su libro preferido, pero, al nombrarlo, éste se deshizo por la vibración impura de mi timbre y se quebraron como vasos las estrellas del cielo hospitalario y sus esquirlas se encendieron como velas sobre pasillos, umbrales y avenidas.


















Yo, el bravo, no estoy funcionando cansado estoy cuando amanece, inmóvil. Visto una bata sucia y abierta  hasta mis nalgas. Mi columna esta golpeada en esta ancla del tiempo que es la cama. Anoche escuché sirenas y perros, gran cosa, en todos lados hay perros, sirenas y paredes. Mastico una cápsula y pienso en el gusto de las hojas tiernas de eucaliptus. Ahora es preferible la derrota y no salpicar mi sangre en las venas de una criatura bella. Así caigo, flaqueando los músculos, mis huesos laceados como un rebaño disecado. La fiesta se clausuró a mi tacto, soy una lengua que miente sobre su oración. Sé que en este momento otros cantan y beben. Los  conozco.























En mi carne incuba esta niebla y el pozo donde guardo mis creencias, se rebalsa. Los techos del futuro gotean. La vivencia  me pesa como cemento. En mi carne incuba esta niebla y ahora rodea mis flujos, gladiadores contra la muerte. Postrado me requieren las sombras, ellas dicen: Wenuan, hay trabajo temprano, no llegues de noche, ni borracho, témele al trafentu. Veo mujeres que portan tubos plásticos, sé que ellas conservan mi respiro, pero hay pájaros que prenden fuegos a mi corazón, cazadores sin memoria, famélicos. A la deriva estoy, rodeado de esos mutantes con sus máscaras ingeniosas. Esta noche he dormido a saltos.




















Hay un camino en tu mano, el anuncio neón de una parada. ¿Bastarán cocteles químicos, sopa de arroz y miradas preocupadas para salir de tu dominio? Tras el agua y las bandejas, luces. Luces en el cuarto dispuesto: la ciénaga que silencia la batalla y funde el temple de los hombres. ¿Cómo nace el don de ver el quejido del espíritu o del cuerpo? Avanzo hacia el silencio que no quiebra el aleteo de los cuervos. Veo que ahí estás, bellamente ofrecida como un puente virgen, pálida. Todo es difuso en este cuarto limpio.


















Ceremonias derrotadas maquillan tus estrías. Enhebras tu paciencia, cauta, como espejo de un castillo en ruinas. Te he conocido en esta pesadilla, diabla convertida en amante al limarte los colmillos. Vas con el rostro lavado de facciones, como el heraldo que esperan los gusanos  cuando falla la asepsia.



















Abrieron los ojos y en seguida lo hostil. Pensemos: una vitrina austera le presta calor y aire como a muñecos tranquilos. Una madre bosteza, sentada con un juguete en la mano, 03:28 am. El sueño es quemado en el hambre vital de los infantes, en la risa sobrepuesta a la venda, fogata ahuyentando a la quijada de la tierra. Hay brío en sus llantos y ángeles lavan sus manos antes de leerles un cuento.


















La oreja escucha rastrillos, soy una masa encandilada, tendida. Pared afuera el abrazo oscuro, león que resuena su paso y quiebra al santito de cuarzo. Una mosca cae al agua que bebo. Como longko antiguo, quisiera valor en mi puño, ser piadoso cual túnel breve, o el fraseo limpio de una ranchera, pero lo cierto es otra cosa, buche de carrozas digieren al tiempo, altura donde el mosquitero es casa y el único cielo es un techo amarillo de granos. Oreja que escuchas el fuego de la barca. Quiero tomar vino antes de irme.




















Bajo el casco de hueso, la mollera encendida. Veo nubes sobre montañas y lento abandono mi ropa. Escucho tambores, gritos y el piafar de caballos me acerca a una ramada en donde veo mi nombre remojarse en un cántaro. Un rayo quema el pecho y me veo saltar entre cables y cueros, una vez, otra vez. Una  mujer entra y moja mi frente con una rama de canelo.


















Abajo hay carreras, sus inventos encierran las astillas de un rayo. Una corriente se abre en el techo, pero nadie lo advierte, pues son fantasmas que me aguardan. Encoge tu dedo y dame tu anillo, dicen, pero no les creo nada. ¡Lárguense! les digo, siento la voz del que me espera. Veo hacia el lado, mi bisabuela toca su kultrún y le canta a Chau Dios. Siento aire en mis pulmones. Yo antes no creía en estas cosas.














Vivo. Alguien me nombra, palpita mi conciencia en la curva de un tiempo que no es del mundo. Soy humo brioso. Vivo. Sentí a una máquina lavar mi recuerdo, estrujar mi pulso, la contracción bella del músculo y se quemaba este amor mío, este callado amor mío, entre las paredes de un box anónimo y las espaldas blancas de mujeres. Sentí al sol bailar entre sus hermanos menores y quedé en silencio como un dios que multiplica inviernos. Vivo, aunque tengo la boca seca. Esa línea es su latido, me dice un hombre de cara borrosa. Ya les dije, antes no creía en estas cosas. Soy otro.




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